Me dispongo a redactar mi currículum. "¿Nivel de inglés? Pondré avanzado". Sé que si soy sincero tendré menos opciones de acceder al actual mercado laboral, así que me aventuro en el mundo del engaño. Lo afronto sabiendo que en los posibles procesos de selección a los que puedo enfrentarme tendré que recurrir a eso que llaman la picaresca española y que, si tengo un poco de suerte, lograré convencer a quien me vaya a contratar de que domino lo que exije, aunque sea algo en lo que en realidad flojee. Si el azar está de mi parte firmaré un contrato, por un año tal vez, y comenzaré a trabajar con ganas e ilusión, consciente de cuánto anhelaba estar en ese puesto de trabajo y con la presencia constante del miedo a que mi jefe requiera de mis conocimientos del inglés. En ese momento, cuando se descubra la mentira a la que le he sometido, lo más probable es que termine marchándome de la empresa, con una mano delante y la otra detrás, hayan pasado dos, cinco u ocho meses desde mi llegada. Mi fulminante despido se debe a una simple pero certera mentira en mi currículum, un documento que consta de un par de páginas donde la empresa se hace una idea de lo que puedo aportar a la empresa y de las habilidades que voy a desempeñar si accedo al puesto.
Si extrapolamos esta situación al mundo de la política, podemos decir que redactar un currículum se equipara a elaborar un programa electoral y que acudir a una entrevista de trabajo se encuentra al mismo nivel que realizar un mitín, una manera de exponerte frente al que (se supone) que va a ser tu jefe durante los próximos cuatro años si sales contratado. La gran diferencia entre ambas situaciones se encuentra en la solidez de ese contrato. El trabajador común cuenta hoy en día con un contrato frágil, susceptible de convertirse en papel mojado en cualquier instante gracias a que cada día que pasa se toman las medidas oportunas para que así sea. Y, dentro de esa delgada línea de seguridad, hay que contar con que se haya sido honesto, ya que si el trabajador ha mentido al afirmar que hará algo que después no puede realizar, será despedido fulminantemente cuando su mentira sea cazada. El contrato del político es muy diferente. No solo porque el suyo tiene una vigencia de cuatro años sino porque en el momento de ser contratado, cuando en la noche de las elecciones se designa al nuevo empleado que trabajará en Moncloa, el elegido se envuelve en eso que llaman la legitimidad de las urnas, un halo de esplendor que al parecer le da derecho a hacer lo que le venga en gana, aunque en su proceso de selección dejara las líneas claras sobre lo que llevaría a cabo si finalmente alcanzara ese puesto de trabajo.
"Haré cualquier cosa que sea necesaria, aunque no me guste y aunque haya dicho que no lo iba a hacer". Esta terrible frase salió de la boca de Mariano Rajoy el pasado mayo, seis meses después de que la ciudadanía le eligiera para cubrir el puesto que dejaba vacante Zapatero. Es cierto que en su proceso de selección Rajoy dijo poco, pero le bastó erigirse líder de un cambio que la ciudadanía necesitaba y que él no tuvo ninguna duda en prometer. "Lo primero, el empleo" o "No más IVA" fueron algunas de las consignas que usó meses antes de las elecciones, mentiras que en la actualidad han quedado más que demostradas. Mariano Rajoy no ha tardado ni un año en mostrar los engaños en los que basó su llegada al poder, algo que, para mí, hace perder cualquier tipo de legitimidad que le hayan podido dar las urnas. Desgraciadamente, en esta sociedad no tenemos ninguna ley que obligue a los gobernantes a cumplir con lo que prometieron, como mínimo en los doce primeros meses de su llegada al poder, y, mientras tanto, a ellos les basta con escudarse en que la situación era peor de la que esperaban para justificar cualquier medida que adopten, por mucho que hagan sangrar a una ciudadanía ya necesitada de transfusiones. Así, al igual que me ocurriría a mí tras poner en práctica mi verdadero nivel de inglés en mi empresa, cualquier político que llegara al poder a base de engaños debería ser despedido fulminantemente cuando sus mentiras quedaran en evidencia. Quizá así se pondría la primera piedra del proceso de higiene que necesita la política para descontaminarse.
miércoles, 11 de julio de 2012
martes, 10 de julio de 2012
27 palabras (Microrrelato)
Acércate, busca conmigo. Démonos ese frágil gusto hasta inventar juntos kilómetros. Las mentes numeran ñaques, oscurecidas por quienes rompen sueños. Tentadores urbes vaticinan whiskies xerófilos y zalameros.
lunes, 9 de julio de 2012
La técnica del avestruz
Es curioso como en la actualidad existe una profesión que consigue pasar desapercibida pese a que más de cinco millones de españoles estén en busca y captura de un trabajo desesperadamente. Quizá sea debido a que para llegar a ejercerla no hace falta entregar ningún currículum ni tampoco aparecen ofertas en el INEM o en las páginas de internet de búsqueda de empleo. Aún así, es una profesión que, por lo que podemos observar diariamente, da para vivir bien, te envuelve en una fina capa de respeto y te otorga la posibilidad de no afrontar la responsabilidades de tus actos, sobre todo cuando las consecuencias de tus decisiones son perjudiciales para los demás. Para que mis palabras no indiquen confusión, adelantaré que estoy hablando de la figura del político, esa profesión que se dedica a jugar con el bienestar del resto de personas y cuyo proceso de selección pasa por conseguir buenos apretones de manos, hacer jugosas promesas y salir en determinadas fotografías, para luego hacer y deshacer a su antojo o, para ser del todo correcto, al antojo de aquellos que con su dinero deciden realmente el destino de esta sociedad.
El currículum de un buen político no tendría por qué ser tan extenso. A diferencia de lo que piensan algunos no debería primar tanto sus estudios, ni siquiera su nivel de inglés. Un buen político debe estar empapado de todas esas características que desgraciadamente no se pueden demostrar con un certificado impreso. Honestidad, sinceridad, responsabilidad, justicia... Sé que mis palabras suenan utópicas, tanto que ni yo mismo me las llego a creer, y reconozco que es una lástima que algo tan básico suene tan irreal. Pero la presencia de los políticos en nuestra sociedad debe estar destinada a velar por el bienestar común, algo que en los últimos años parece que ha quedado en el olvido de la ciudadanía, acostumbrada a que precisamente sean los políticos quienes dificulten su rutina y les ponga trabas a los quehaceres de su vida diaria.
El punto más lamentable de esta profesión aparece a la hora de asumir responsabilidades. Mientras que el resto de personas tenemos que asumir tarde o temprano las consecuencias de nuestros actos, el político de hoy en día crea un sólido escudo alrededor de su cargo, con el que se protege de las reivindicaciones que se le hacen cuando su nefasta labor se hace pública. Es lo que podíamos conocer como la técnica del avestruz: ocultar la cabeza bajo tierra hasta que pasen los problemas, sin hacer declaraciones ni defensa alguna y escudándose en las ideologías de aquellos que les reclaman responsabilidades para sembrar una vez más la semilla de la guerra de las dos Españas (los de la izquierda atacan a los de la derecha porque son de derechas y viceversa). Así, el oficio de político continúa como si nada, pese a que su pésima labor sea uno de esos secretos a voces que todos terminan pregonando pero que nadie es capaz de asumir. Gracias a ellos, gracias a sus constantes negligencias, nos encontramos ante una de las profesiones más contaminadas de nuestra sociedad, con capacidad para hacer daño a un buen número de personas y con un sinfin de personal excedente del que nadie parece estar dispuesto a recortar. Estos aspectos nos dejan con la sensación de que cualquiera podría aspirar a realizar ese trabajo, pese a que ser político debería erigirse como una de las profesiones más selectas de todas a las que podríamos acceder hoy en día.
El currículum de un buen político no tendría por qué ser tan extenso. A diferencia de lo que piensan algunos no debería primar tanto sus estudios, ni siquiera su nivel de inglés. Un buen político debe estar empapado de todas esas características que desgraciadamente no se pueden demostrar con un certificado impreso. Honestidad, sinceridad, responsabilidad, justicia... Sé que mis palabras suenan utópicas, tanto que ni yo mismo me las llego a creer, y reconozco que es una lástima que algo tan básico suene tan irreal. Pero la presencia de los políticos en nuestra sociedad debe estar destinada a velar por el bienestar común, algo que en los últimos años parece que ha quedado en el olvido de la ciudadanía, acostumbrada a que precisamente sean los políticos quienes dificulten su rutina y les ponga trabas a los quehaceres de su vida diaria.
El punto más lamentable de esta profesión aparece a la hora de asumir responsabilidades. Mientras que el resto de personas tenemos que asumir tarde o temprano las consecuencias de nuestros actos, el político de hoy en día crea un sólido escudo alrededor de su cargo, con el que se protege de las reivindicaciones que se le hacen cuando su nefasta labor se hace pública. Es lo que podíamos conocer como la técnica del avestruz: ocultar la cabeza bajo tierra hasta que pasen los problemas, sin hacer declaraciones ni defensa alguna y escudándose en las ideologías de aquellos que les reclaman responsabilidades para sembrar una vez más la semilla de la guerra de las dos Españas (los de la izquierda atacan a los de la derecha porque son de derechas y viceversa). Así, el oficio de político continúa como si nada, pese a que su pésima labor sea uno de esos secretos a voces que todos terminan pregonando pero que nadie es capaz de asumir. Gracias a ellos, gracias a sus constantes negligencias, nos encontramos ante una de las profesiones más contaminadas de nuestra sociedad, con capacidad para hacer daño a un buen número de personas y con un sinfin de personal excedente del que nadie parece estar dispuesto a recortar. Estos aspectos nos dejan con la sensación de que cualquiera podría aspirar a realizar ese trabajo, pese a que ser político debería erigirse como una de las profesiones más selectas de todas a las que podríamos acceder hoy en día.
domingo, 8 de julio de 2012
De trabajadores, becarios y voluntarios
Trabajar para vivir o vivir para trabajar. Desde que la oí por primera vez, esta frase ha sido una de las más curiosas que me han parecido dentro de la amplia gama de refranes, juegos de palabras o expresiones que la sabiduría popular ha ido transmitiendo con el paso del tiempo. Una frase que te lanza el reto de definirte como persona, teniendo que elegir entre dos caminos que, aunque parecidos, se separan en la medida en la que uno decida cómo está dispuesto a enfrentarse a su trabajo. En la práctica, lo que quiere decir esta simple oración es que existen dos clases de personas: los que organizan sus vacaciones en su puesto de trabajo y los que no pueden dejar de pensar en sus obligaciones mientras padecen sus días de descanso. Aún así, todos ellos cuentan con el privilegio de trabajar o, mejor dicho, de ser recompensado económicamente por el trabajo que realizan, aunque eso de los sueldos a día de hoy orbiten alrededor del sistema de la inestabilidad.
Hasta hace unos años, en la escala evolutiva del trabajador, creíamos que el becario era la figura inicial, ésa que, al igual que el mono, camina encorvado debido a la cantidad de trabajo con la que se le carga a sus espaldas. En el mundo del periodismo, el que conozco de cerca, la explotación de esta figura ha permitido que se consiga la publicación y la emisión diaria de muchos periódicos e informativos en estos tiempos de crisis. Los directivos de los medios de comunicación han recibido con los brazos abiertos la posibilidad de contar con una serie de pesonas dispuestas a realizar el trabajo de cualquier empleado de su plantilla, eso sí, a un módico precio. El negocio es evidente. La lógica dice que si accedo a un grupo de personas que me harán el mismo trabajo que mis empleados por un precio muy inferior, puedo contar con ellos para no solo mantener mi medio de comunicación sino para recortar la plantilla cuanto sea necesario, convirtiendo al becario en un traidor involuntario, que llega al medio con las ganas de darse a conocer y sin reflexionar sobre las consecuencias que puede tener aceptar cualquier cosa a cualquier precio. Como digo, esta situación se ha dado hasta hace unos años, puesto que en la actualidad ya son muchos los medios que ni siquiera han aguantado con esta práctica y su situación económica les ha llevado al recorte drástico de plantilla o, como último remedio, el cierre. Todo ello sin que se hayan producido, que se sepa, recortes drásticos en la nómina de sus directivos, que hasta el último momento han seguido cobrando sueldos que permitirían mantener a decenas de empleados o, en su caso, a cientos de becarios mensualmente.
En la actualidad, en el punto más alto de la crisis y más bajo de nuestras esperanzas e ilusiones, en la escala evolutiva del trabajador ha surgido una nueva figura inicial. Se trata del voluntario o, dicho de otra manera, la persona que accede a trabajar en una empresa de manera gratuita ("es que estamos en crisis y no podemos pagarte nada") pero que accede a cumplir con una serie de requisitos como si de un trabajador más se tratara, como el horario o la estancia mínima. Lo único que ofrecen a cambio es la experiencia, algo que en muchos casos solo serviría como simple adorno de currículum. La explotación a la que asistíamos hasta ahora sube un nuevo peldaño, dirigida a quienes aún no han tirado la toalla y siguen intentando trabajar en algo relacionado con lo que han estudiado. Un sueño, tal vez, una ilusión que no se ajusta a la realidad en que vivimos pero, sobre todo, un negocio del que muchos comienzan a aprovecharse, como si trabajar para ellos fuera un acto de caridad o como si el halo que envuelve a las grandes empresas les diera legitimidad para convertir voluntad en trabajo, como si de una ONG se tratara. Y, aunque no paren de quejarse, de la situación económica, de los políticos, de las empresas, de las universidades... buena parte de la culpa sigue recayendo en esas miles de personas, desconocidas y desamparadas, que con cada nueva concesión que están dispuestos a realizar cavan más profunda su propia fosa común. Ellos siguen buscándose la vida para trabajar, aunque el trabajo no les vaya a dar para vivir.
Hasta hace unos años, en la escala evolutiva del trabajador, creíamos que el becario era la figura inicial, ésa que, al igual que el mono, camina encorvado debido a la cantidad de trabajo con la que se le carga a sus espaldas. En el mundo del periodismo, el que conozco de cerca, la explotación de esta figura ha permitido que se consiga la publicación y la emisión diaria de muchos periódicos e informativos en estos tiempos de crisis. Los directivos de los medios de comunicación han recibido con los brazos abiertos la posibilidad de contar con una serie de pesonas dispuestas a realizar el trabajo de cualquier empleado de su plantilla, eso sí, a un módico precio. El negocio es evidente. La lógica dice que si accedo a un grupo de personas que me harán el mismo trabajo que mis empleados por un precio muy inferior, puedo contar con ellos para no solo mantener mi medio de comunicación sino para recortar la plantilla cuanto sea necesario, convirtiendo al becario en un traidor involuntario, que llega al medio con las ganas de darse a conocer y sin reflexionar sobre las consecuencias que puede tener aceptar cualquier cosa a cualquier precio. Como digo, esta situación se ha dado hasta hace unos años, puesto que en la actualidad ya son muchos los medios que ni siquiera han aguantado con esta práctica y su situación económica les ha llevado al recorte drástico de plantilla o, como último remedio, el cierre. Todo ello sin que se hayan producido, que se sepa, recortes drásticos en la nómina de sus directivos, que hasta el último momento han seguido cobrando sueldos que permitirían mantener a decenas de empleados o, en su caso, a cientos de becarios mensualmente.
En la actualidad, en el punto más alto de la crisis y más bajo de nuestras esperanzas e ilusiones, en la escala evolutiva del trabajador ha surgido una nueva figura inicial. Se trata del voluntario o, dicho de otra manera, la persona que accede a trabajar en una empresa de manera gratuita ("es que estamos en crisis y no podemos pagarte nada") pero que accede a cumplir con una serie de requisitos como si de un trabajador más se tratara, como el horario o la estancia mínima. Lo único que ofrecen a cambio es la experiencia, algo que en muchos casos solo serviría como simple adorno de currículum. La explotación a la que asistíamos hasta ahora sube un nuevo peldaño, dirigida a quienes aún no han tirado la toalla y siguen intentando trabajar en algo relacionado con lo que han estudiado. Un sueño, tal vez, una ilusión que no se ajusta a la realidad en que vivimos pero, sobre todo, un negocio del que muchos comienzan a aprovecharse, como si trabajar para ellos fuera un acto de caridad o como si el halo que envuelve a las grandes empresas les diera legitimidad para convertir voluntad en trabajo, como si de una ONG se tratara. Y, aunque no paren de quejarse, de la situación económica, de los políticos, de las empresas, de las universidades... buena parte de la culpa sigue recayendo en esas miles de personas, desconocidas y desamparadas, que con cada nueva concesión que están dispuestos a realizar cavan más profunda su propia fosa común. Ellos siguen buscándose la vida para trabajar, aunque el trabajo no les vaya a dar para vivir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)