jueves, 26 de julio de 2012
Parado
Parado, inmóvil, quieto. Detenido en mitad de la vida. Con las ganas y la ilusión de llegar a mi destino, pero sin la posibilidad de mover un solo músculo de mi cuerpo. Paralizado en plena calle, mientras el resto de la gente continúa moviéndose de un sitio a otro. Observo como muchos de ellos también se van quedando parados, cada uno en una posición más ridícula que el anterior. Yo, con una pierna levantada dispuesto a dar el siguiente paso y con mi mano derecha dirigiéndose hacia mi cara, queriendo rascar mi nariz, para aliviar una sensación de picor surgida desde hace bastante tiempo. Soy consciente de que estoy petrificado como una de esas estatuas humanas que solo se mueven por unas monedas. Estancado, con mi HTC en la mano izquierda, mis Ray-Ban oscuras ocultando el rostro y medio paquete de Chesterfield en el bolsillo de atrás, intentando que el bulto se note lo menos posible. Un cuerpo inerte, en mitad de una avenida, justo en el centro de la carretera, expuesto a ser atropellado por cualquier vehículo y con el sol quemándome el cogote en el momento más radiante del día. Soy uno más de cientos, miles, millones. Quietos, inmóviles, parados.
miércoles, 25 de julio de 2012
Selección artificial
Volaba Darwin en su nave extraterrestre buscando explorar los rincones más recónditos del universo. Se acercó a un hipnótico planeta azul en el que todo parecía idílico y, entre toda la tierra que se presentaba ante él, se fijó en una pequeña península ni muy grande ni muy pequeña. Creyó que era el lugar perfecto para observar a las especies que allí vivían y completar así su investigación sobre la evolución y la vida inteligente en el universo, por lo que aterrizó allí su nave y se introdujo entre la nueva especie que había descubierto. Se trataba de una raza única. Individuos bípedos con capacidad para comunicarse y razonar y con la habilidad para adaptar el entorno a sus necesidades. Darwin sintió una gran curiosidad por conocer más de esa especie, por lo que decidió pasar años con ellos, observando con detalle su comportamiento y determinando las claves de su evolución. Quería saberlo todo: cómo vivían, cómo se relacionaban, en qué pensaban... No podía dejar de reflexionar sobre lo fascinante que se había convertido ese descubrimiento y la oportunidad única que aparecía ante él.
Tras unos meses, al extraterrestre le llamó la atención la complejidad de la sociedad en la que convivían esos seres, que había sabido que se hacían llamar humanos aunque esa raza en particular eran españoles. Su sociedad se movía en torno a un sistema creado por ellos mismos por el que tenían que trabajar cada día para conseguir una determinada cantidad de algo que llamaban dinero. Darwin descubrió que la cantidad de dinero que recibía una persona variaba de un trabajo a otro, aunque este fuera más peligroso o más importante para el desarrollo de su sociedad. Así, quienes administraban el dinero de otros recibían más cantidad de dinero que quienes, por ejemplo, se dedicaban a investigar mecanismos para hacer que la vida de los humanos españoles fuera más sana y duradera. Darwin supo entonces que en esa sociedad el dinero daba poder y permitía obtener una vida mejor. No entendía muy bien esta última idea, que se anteponía a eso que los humanos españoles llamaban derechos. Fue la primera característica que el extraterrestre estudió de los humanos españoles. Al parecer tenían un documento en el que quedaban registrados cuáles eran sus derechos, por lo que Darwin no entendia cómo era posible que los derechos de un humano español fueran diferentes a las de otro por el simple hecho de tener más dinero.
Las particularidades de la nueva especie descubierta crecían cuanto Darwin más estudiaba sobre ellos, incoherencias que dejaban al descubierto que se trataba de una especie llena de diferencias. Aún no sabía que el punto álgido de su investigación estaba por llegar. Se trataba del que se refería a la evolución, punto en el que el extraterrestre quería centrar su tesis. La reproducción de los humanos españoles estaba delimitada por quienes se hacían llamar gobierno, un conjunto de personas que establecía normas que el resto de individuos tenía que cumplir. Ese gobierno era el responsable de, por ejemplo, la dignidad con la que podían vivir los humanos españoles, aunque Darwin no tardó en comprender que ese no era uno de los aspectos por los que más se preocupaba el gobierno. Quizá por eso, le pareció tan raro que ese gobierno obligara a nacer a todos los nuevos individuos, aunque se pudiera determinar con antelación que ese individuo iba a nacer con problemas de salud y aunque el mismo gobierno no fuera capaz de garantizar que esos individuos tendrían todos los cuidados que necesitaran con independencia del dinero que tuvieran. Darwin supo que ese gobierno tampoco valoraba el sufrimiento que su norma podía causar, ya que estaba empeñado en defender la vida de cada uno de los humanos españoles nacidos o no nacidos. Le costó entender que pese a tener los mecanismos necesarios no defendiera que cada una de esas vidas fueran dignas, algo que reclamaban muchos de los individuos entre los que el extraterrestre convivió durante años.
El estudio de Darwin le llevó a hacer una reflexión sobre todo lo que había aprendido. En otras especies había visto que la supervivencia del individuo nacido dependía de la capacidad que este tenía para adaptarse al entorno que le rodeaba, aunque naciera con minusvalías o malformaciones. En aquellas ocasiones había decidido llamar a ese proceso selección natural. Pero ahora se encontraba ante algo diferente. En esta ocasión, gracias a su inteligencia, los humanos españoles habían adaptado el entorno a ellos, por lo que para vivir en él no importaba cómo se nacía. En cambio, basaban su existencia en el dinero que se tenía a lo largo de una vida y de eso dependía su supervivencia, su bienestar y su dignidad, tres características de las que los humanos españoles presumían. Después de un tiempo de estudio, decidió llamar a ese proceso selección artificial. Se marchó del planeta con el presentimiento de que su investigación tenía todos los ingredientes para convertirse en todo un éxito.
Tras unos meses, al extraterrestre le llamó la atención la complejidad de la sociedad en la que convivían esos seres, que había sabido que se hacían llamar humanos aunque esa raza en particular eran españoles. Su sociedad se movía en torno a un sistema creado por ellos mismos por el que tenían que trabajar cada día para conseguir una determinada cantidad de algo que llamaban dinero. Darwin descubrió que la cantidad de dinero que recibía una persona variaba de un trabajo a otro, aunque este fuera más peligroso o más importante para el desarrollo de su sociedad. Así, quienes administraban el dinero de otros recibían más cantidad de dinero que quienes, por ejemplo, se dedicaban a investigar mecanismos para hacer que la vida de los humanos españoles fuera más sana y duradera. Darwin supo entonces que en esa sociedad el dinero daba poder y permitía obtener una vida mejor. No entendía muy bien esta última idea, que se anteponía a eso que los humanos españoles llamaban derechos. Fue la primera característica que el extraterrestre estudió de los humanos españoles. Al parecer tenían un documento en el que quedaban registrados cuáles eran sus derechos, por lo que Darwin no entendia cómo era posible que los derechos de un humano español fueran diferentes a las de otro por el simple hecho de tener más dinero.
Las particularidades de la nueva especie descubierta crecían cuanto Darwin más estudiaba sobre ellos, incoherencias que dejaban al descubierto que se trataba de una especie llena de diferencias. Aún no sabía que el punto álgido de su investigación estaba por llegar. Se trataba del que se refería a la evolución, punto en el que el extraterrestre quería centrar su tesis. La reproducción de los humanos españoles estaba delimitada por quienes se hacían llamar gobierno, un conjunto de personas que establecía normas que el resto de individuos tenía que cumplir. Ese gobierno era el responsable de, por ejemplo, la dignidad con la que podían vivir los humanos españoles, aunque Darwin no tardó en comprender que ese no era uno de los aspectos por los que más se preocupaba el gobierno. Quizá por eso, le pareció tan raro que ese gobierno obligara a nacer a todos los nuevos individuos, aunque se pudiera determinar con antelación que ese individuo iba a nacer con problemas de salud y aunque el mismo gobierno no fuera capaz de garantizar que esos individuos tendrían todos los cuidados que necesitaran con independencia del dinero que tuvieran. Darwin supo que ese gobierno tampoco valoraba el sufrimiento que su norma podía causar, ya que estaba empeñado en defender la vida de cada uno de los humanos españoles nacidos o no nacidos. Le costó entender que pese a tener los mecanismos necesarios no defendiera que cada una de esas vidas fueran dignas, algo que reclamaban muchos de los individuos entre los que el extraterrestre convivió durante años.
El estudio de Darwin le llevó a hacer una reflexión sobre todo lo que había aprendido. En otras especies había visto que la supervivencia del individuo nacido dependía de la capacidad que este tenía para adaptarse al entorno que le rodeaba, aunque naciera con minusvalías o malformaciones. En aquellas ocasiones había decidido llamar a ese proceso selección natural. Pero ahora se encontraba ante algo diferente. En esta ocasión, gracias a su inteligencia, los humanos españoles habían adaptado el entorno a ellos, por lo que para vivir en él no importaba cómo se nacía. En cambio, basaban su existencia en el dinero que se tenía a lo largo de una vida y de eso dependía su supervivencia, su bienestar y su dignidad, tres características de las que los humanos españoles presumían. Después de un tiempo de estudio, decidió llamar a ese proceso selección artificial. Se marchó del planeta con el presentimiento de que su investigación tenía todos los ingredientes para convertirse en todo un éxito.
miércoles, 18 de julio de 2012
Cuatro flechas de recortes
Para quienes no hayan veraneado ni una sola vez en el sur de Cádiz, la frase "ya saltó el levante" no tendrá ningún significado. Pero quienes sí lo hayan hecho, o quienes tengan la suerte de vivir en un rinconcito de cualquiera de los paraísos de la costa gaditana, sabrán que tras esta frase nos esperan días de fuerte viento seco, el mismo que alborota peinados o hace que la arena seca ametrallee las espinillas de los que caminan por la playa. Normalmente, el anuncio viene acompañado de un "ojú", una expresión de malestar con la que los que vivimos aquí alertamos del desagrado que supone la aparición de este singular viento.
Un viento que, si pega con mucha fuerza, cuando en el telediario añaden tres o cuatro líneas blancas a una flecha señalando hacia la izquierda, te impide vivir con la normalidad con la que te gustaría. Las persianas no dejan de pegar contra los cristales de la casa, la basura de las calles vuela de un sitio a otro y aparece como una misión imposible acudir a la playa para disfrutar de una tarde de verano. Aún así, es curioso observar que siempre hay algunos que continúan con su rutina, por lo que deciden ir a la playa un día más, intentando llevar con normalidad una situación excepcional y soportando como pueden que la arena bañe cada uno de los poros de sus cuerpos. Este hecho demuestra que pese a las adversidades siempre hay personas con la capacidad de mantener la estabilidad de su vida, aunque para el resto resulte una hazaña o una locura seguir soportando esa situación.
En el resto de España, el levante ha saltado en forma de recortes y lo ha hecho con más fuerza que nunca, levantando un gran malestar entre quienes ya estaban hartos de soportar el picazón de la arena en sus espinillas. Ahora el viento de los ajustes económicos azota con intensidad, aunque todavía haya personas que quieran continuar con su vida, como los que deciden ir a la playa pese al fuerte levante. Por suerte, tenemos la capacidad de enfrentarnos contra cualquiera de las desproporcionadas medidas económicas que se están tomando estos días, ya que contamos con una ventaja que no nos la otorgan los vientos que se levantan en España. En esta ocasión, no nos enfrentamos contra la naturalieza, sino contra un sistema injusto con el que no podemos simplemente resignarnos, cruzarnos de brazos y acudir a la playa.
Un viento que, si pega con mucha fuerza, cuando en el telediario añaden tres o cuatro líneas blancas a una flecha señalando hacia la izquierda, te impide vivir con la normalidad con la que te gustaría. Las persianas no dejan de pegar contra los cristales de la casa, la basura de las calles vuela de un sitio a otro y aparece como una misión imposible acudir a la playa para disfrutar de una tarde de verano. Aún así, es curioso observar que siempre hay algunos que continúan con su rutina, por lo que deciden ir a la playa un día más, intentando llevar con normalidad una situación excepcional y soportando como pueden que la arena bañe cada uno de los poros de sus cuerpos. Este hecho demuestra que pese a las adversidades siempre hay personas con la capacidad de mantener la estabilidad de su vida, aunque para el resto resulte una hazaña o una locura seguir soportando esa situación.
En el resto de España, el levante ha saltado en forma de recortes y lo ha hecho con más fuerza que nunca, levantando un gran malestar entre quienes ya estaban hartos de soportar el picazón de la arena en sus espinillas. Ahora el viento de los ajustes económicos azota con intensidad, aunque todavía haya personas que quieran continuar con su vida, como los que deciden ir a la playa pese al fuerte levante. Por suerte, tenemos la capacidad de enfrentarnos contra cualquiera de las desproporcionadas medidas económicas que se están tomando estos días, ya que contamos con una ventaja que no nos la otorgan los vientos que se levantan en España. En esta ocasión, no nos enfrentamos contra la naturalieza, sino contra un sistema injusto con el que no podemos simplemente resignarnos, cruzarnos de brazos y acudir a la playa.
jueves, 12 de julio de 2012
Los mayordomos del poder
"¿Cómo quiere el señor que le sirva la portada? ¿Con un toque de azúcar? ¿Bien caliente?" Cuando pienso en algunos jefes eligiendo la portada de su periódico del día siguiente, me los imagino vestidos elegantemente, con una servilleta blanca cubriendo su antebrazo y acudiendo con la cabeza bien alta ante el tintineo de una campanilla. Quien la agita es el político de turno, que en algunos casos está en el poder y en otros se encuentra en la oposición y, así, vemos a su alrededor una serie de mayordomos que actúan de una manera u otra según les convenga a sus señores. Solo así le doy explicación al sinsentido en el que se han convertido las publicaciones de algunas portadas de periódicos españoles en los últimos años. Han pasado a ser una extrema versión, que roza lo paródico en muchos casos, del periodismo de partido en el que ha evolucionado la profesión que muchos decidimos dedicar nuestra vida, atraídos por una serie de valores que parece que se están perdiendo con el paso del tiempo. El motivo por el que se deciden estas publicaciones se encuentra en el agrado, no solo a un partido político, sino a todo un público, que prefiere ver parcialmente la realidad, como si el señor en el poder invitara cada día al lector a una cena en su mansión y el mayordomo se encargara de que la casa siempre se viera perfecta, aunque en realidad los cimientos de ese hogar se encuentren podridos.
Y todo este esfuerzo aparece como un trabajo absurdo en la era de las nuevas tecnologías, donde los usuarios de Twitter y Facebook son capaces de transmitir a miles de personas las manipulaciones vertidas por esos medios de comunicación. Solo hace falta que alguien avispado recupere portadas pasadas y las compare con las presentes para que en un instante nos demos cuenta de la suciedaz que hay impregnada en muchos despachos de las redacciones de periódicos. Pero hay que ir más allá. Después de meses llevando a cabo estas prácticas, es de sobra conocido el revuelo que aparece cuando un nuevo caso vuelve a suceder, por lo que no es descabellado pensar que hay quien juega con ese revuelo, consciente de que la creación de una nueva polémica es el último paso que le queda para que su periódico no caiga en el olvido, lo que le llevaría a grandes pérdidas que, si la selección natural del actual sistema económico sigue su curso, provocarían su desaparición del mercado. Ese es el motivo por el que no se le debe dar tanta publicidad a aquellos que juegan a maquillar la sociedad. Las consecuencias de su humillante desesperación por llamar la anteción solo debería ser respondida con indiferencia, el mayor de los castigos que se puede realizar hoy en día y el que más difícil resulta llevar a cabo cuando las intenciones son las de hacer daño.
Lo peor de todo, la gruesa capa de polvo que prácticas como estas echan encima de buenos profesionales, aquellos que aún siguen creyendo en el periodismo como arma contra las injusticias sociales. Eso que en su día se llamó tan acertadamente cuarto poder, un mecanismo que ha conseguido ser controlado por aquellos a los que había que controlar, consiguiendo a base de talonarios y favores que algunos no tengan problema en abandonar eso de la utopía del cuarto poder para convertirse en simples mayordomos. Unos trabajadores al servicio de aquellos que desean gobernarnos y que están dispuestos a hacer cualquier cosa para que sus señores queden satisfechos.
Y todo este esfuerzo aparece como un trabajo absurdo en la era de las nuevas tecnologías, donde los usuarios de Twitter y Facebook son capaces de transmitir a miles de personas las manipulaciones vertidas por esos medios de comunicación. Solo hace falta que alguien avispado recupere portadas pasadas y las compare con las presentes para que en un instante nos demos cuenta de la suciedaz que hay impregnada en muchos despachos de las redacciones de periódicos. Pero hay que ir más allá. Después de meses llevando a cabo estas prácticas, es de sobra conocido el revuelo que aparece cuando un nuevo caso vuelve a suceder, por lo que no es descabellado pensar que hay quien juega con ese revuelo, consciente de que la creación de una nueva polémica es el último paso que le queda para que su periódico no caiga en el olvido, lo que le llevaría a grandes pérdidas que, si la selección natural del actual sistema económico sigue su curso, provocarían su desaparición del mercado. Ese es el motivo por el que no se le debe dar tanta publicidad a aquellos que juegan a maquillar la sociedad. Las consecuencias de su humillante desesperación por llamar la anteción solo debería ser respondida con indiferencia, el mayor de los castigos que se puede realizar hoy en día y el que más difícil resulta llevar a cabo cuando las intenciones son las de hacer daño.
Lo peor de todo, la gruesa capa de polvo que prácticas como estas echan encima de buenos profesionales, aquellos que aún siguen creyendo en el periodismo como arma contra las injusticias sociales. Eso que en su día se llamó tan acertadamente cuarto poder, un mecanismo que ha conseguido ser controlado por aquellos a los que había que controlar, consiguiendo a base de talonarios y favores que algunos no tengan problema en abandonar eso de la utopía del cuarto poder para convertirse en simples mayordomos. Unos trabajadores al servicio de aquellos que desean gobernarnos y que están dispuestos a hacer cualquier cosa para que sus señores queden satisfechos.
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