domingo, 11 de noviembre de 2012

Cuestión de tiempo

Me obsesioné. A medida que el reloj giraba sobre su lógica natural dediqué todas mis fuerzas a apoderarme de su supremacía. Deseaba su poder. La vida me había mostrado los momentos en los que se dividía y yo no tardé mucho en descubrir que no los querría a todos por igual.

A veces sentía el deseo de conventir los segundos en horas. Buscaba eternizar las frías noches de invierno en las que dormía abrazado a él, las cenas especiales que reunían a la familia o los números rojos del calendario que me volvían a encontrar con mis amigos, forzosos soldados en la guerra del desgaste temporal.

En otras ocasiones, en cambio, mi ambición se centraba en acelerar el minutero. Quería evitar las situaciones de angustia, despejar la incertidumbre que desdibujaba mi futuro o, envenenado por el ansia, saltarme los huecos que se anteponían a ese momento que llevaba tanto esperando.

Hubo días en los que quise detenerlo para inmortalizar ese primer beso. En otros soñaba con viajar a través de él. Así podría volver atrás y disfrutar de un instante junto a quien dejó de existir o avanzar a esa otra época que mi mente suponía que sería inmerojable.

En todos esos intentos siempre obtuve el mismo fracaso. Me tuve que conformar con ser un soñador y continuar resignado una vida que solo obedecía a las leyes del tictac. Me aferré a la supervivencia que marcaba cada segundo. Sin capacidad para luchar. Esclavo del reloj. Consumido por el tiempo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Hijos de puta

Nunca he sido partidario de insultar a nadie. No me gusta perder las formas y soy de los ingenuos que pensaban que las cosas se podían arreglar votando, discutiendo  o, como mucho, gritando en cualquier calle. Pero ya he votado, discutido y gritado demasiado. Con todas esas acciones he tenido siempre el mismo resultado, así que no me queda otro remedio que recurrir al insulto primitivo, a las palabras llenas de cólera, a la manifestación verbal de la rabia que lleva creciendo en mi interior desde hace más tiempo del que puedo calcular.

Quizá me vea así porque en la vida no he tenido más aspiraciones que la de estudiar una carrera universitaria e intentar conseguir un trabajo decente con el que mantener una vida digna. O quizá sea porque carezco de esa capacidad de jugar con las personas que sí han demostrado tener sus señorías desde que tengo uso de razón. Ahora las palabras digno y decente se alejan de mi vida, aunque tengo que reconocer que a estas alturas no es mi vida la que más me preocupa. Aún estando en el paro, sin futuro próspero en el horizonte y con una rutina que arrasa con todas las ilusiones que he tenido desde niño, soy consciente de que tengo que estar agradecido, sí, agradecido, de tener alrededor a una familia que es capaz de mantenerme económicamente aunque siga sufriendo recortes en sus salarios. Qué paradoja. Llegar hasta aquí, convertirme en un deshecho social y que ahora, encima, tenga que dar las gracias por lo que aún no me han quitado, como si lo que mi familia ha alcanzado durante estos años se deba mantener gracias a la caridad de cualquiera de sus señorías. O de sus lacayos.

Reconozco que habéis ganado muchas batallas. Habéis adoctrinado a muchas mentes, que a su vez han adoctrinado a otros que han conseguido que ahora yo me sienta tan hundido pero a la vez tan agradecido. Pero no me quito de la cabeza que si me siento así es, sobre todo, porque no paro de observar día tras día lo desgraciada que se ha vuelto la vida de muchos como consecuencia de vuestra labor. Habéis jugado con nosotros a vuestro mezquino juego de la democracia, repartiendo las cartas e improvisando las reglas cuando mejor os ha convenido. Nos habéis hecho creer que éramos útiles, que nuestra opinión contaba para algo, que ibáis a velar por nuestra seguridad y por nuestro bienestar. Y luego, cuando habéis conseguido el número suficiente de votos dóciles, esos que os dan la libertad para hacer lo que os venga en gana sin preocuparos nada más que por vuestra comodidad, nos habéis dado la patada, alejándonos de vuestro lado y en algunos casos escupiendo en nuestros deseos, nuestras aspiraciones, nuestras vidas.

Lo habéis hecho cada cuatro años, poniendo la sonrisa de mármol en la fotografía de campaña y cerrando acuerdos con los mezquinos adinerados a nuestras espaldas, dándoles la oportunidad de gobernar un país y por ende nuestros destinos, para que sus fortunas siguieran multiplicándose.Y ahora, cuando las nefastas consecuencias de vuestros actos son más que evidentes, continuáis con vuestra burla, con vuestra arrogancia, pidiéndonos que sigamos a la espera, que aceptemos sin reproches vuestras decisiones y, sobre todo, que no os faltemos al respeto en favor de nuestra democracia.

Sois vosotros los políticos basura que habéis pisoteado la Constitución, si es que esa carta de derechos sirvió alguna vez para algo. Sois vosotros los que sacáis a pasear por los pasillos del Congreso vuestras aportaciones a la sociedad con la cabeza alta mientras esperáis órdenes del capitán, marioneta de turno de la riqueza manchada de sangre de este país. Sois vosotros los que carecéis del valor para enfrentaros a aquellos que siguen torturando a esta sociedad. Sois vosotros los que dejáis que nos pudramos en la miseria, llevando a las consecuencias de la desesperación a quienes se ven sin nada de la noche a la mañana. Sois vosotros los que solo reaccionáis cuando sentís el miedo acariciando vuestro cuello. Sois vosotros los miserables. Sois vosotros los hijos de puta.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Serpentinas

Desde la ventana, un hombre miraba al exterior con melancolía, aunque realmente ese no era el sentimiento que debía expresar su rostro ante lo que anhelaba. Buscaba encontrar el amor, conocer a la mujer que le hiciera sentirse vivo y con la que envejecer el resto de sus días. Se fijó en un niño que jugaba en el parque más próximo al edificio donde se encontraba. Aquel niño no paraba de correr de un lugar a otro. Parecía feliz, a pesar de que su única compañía era una pelota vieja.

Una de sus patadas envió el balón hasta el extremo de acera que bordeaba el parque. Un hombre con mucha prisa se paró para acercar el esférico al niño. Tras su buenhacer, el hombre continuó su camino aún con mayor rapidez. Llegaba tarde a una entrevista de trabajo para la que se había puesto su mejor camisa, ya manchada por el sudor que desprendía su cuerpo. La mala suerte quiso que un semáforo en rojo detuviera su camino una vez más.

Un instante después, un autobús pasó por el cruce que controlaba con frialdad el semáforo en el que se detuvo el hombre con prisa. En ese autobús viajaba una adolescente que miraba por la ventana a ningún lado. Su abuelo había sido ingresado recientemente en el hospital y la joven solo podía pensar en su más pronta recuperación.

Tres paradas más tarde, del mismo autobús donde viajaba la adolescente preocupada, se bajó un inmigrante dispuesto a continuar con su jornada laboral. El calor y la gran manta que cargaba al hombro tenían buena culpa del agobio que en ese instante soportaba. No le apetecía ponerse en mitad de la calle vendiendo complementos falsificados mientras que con un ojo vigilaba la llegada de la policía y con el otro atendía a su clientela.

Cerca de la parada de autobús donde se bajó el inmigrante, mientras este caminaba pensando en los pormenores de su vida, tropezó con un joven despistado que en sus manos portaba varias carpetas de colores. Después de disculparse amablemente, el chico entró en el edificio donde su jefa llevaba esperándole más de treinta minutos. El joven había tenido que llevar a su sobrino a la escuela después de que su hermana cayera enferma y llegaba tarde a su trabajo.

Cuando llegó a la oficina, dejó las carpetas de colores en la mesa del despacho de su jefa. El chico se marchó bajo su mirada de advertencia. Acto seguido ella se volvió y continuó mirando por la ventana, preguntándose dónde se encontraba el hombre que le hiciera sentirse viva y con el que envejecer el resto de sus días.

jueves, 18 de octubre de 2012

Tarde de gatos

Pedrito Martínez se disponía a enfrentarse a su mayor reto. Había trabajado con gran esfuerzo para la tarde que se le presentaba, momento en el que había citado a conocidos y curiosos para presenciar su espectáculo. A sus escasos once años había conseguido ser reconocido como el niño capaz de enfrentarse con gran maestría a las bestias que rondanban la ciudad en la que vivía. Sus hazañas se transmitían de parque a parque, en cada recreo y en los descansos de aquellos que estaban obligados a asistir a clases particulares durante la tarde. La curiosidad ante su anunciada puesta en escena había logrado que un buen número de niños asistiera al descampado que había detrás de un cine en obras minutos antes de las cinco de la tarde, hora a la que Pedrito Martínez desafiaría una vez más a su destino.

El sol pegaba con fuerza de verano pese a que la primavera acababa de estrenarse. El público se agolpaba detrás de la valla de metal que cercaba el descampado, dando protección y a la vez un buen lugar de visionado para aquellos que no querían perder ningún detalle. Justo cuando la impaciencia comenzaba a hacer acto de presencia, el protagonista de la tarde hizo su aparición. Pedrito Martínez se coló por una de las deterioradas rendijas de la valla y se introdujo en el descampado para llevar a cabo su cometido. Caminaba con la cabeza alta y sin inmutarse por el clamor del público, que aplaudía ante la llegada del héroe infantil. Pedrito Martínez llevaba consigo todo lo necesario para su actuación: un mechero y un paquete de petardos que guardaba en el bolsillo y por el que se había gastado el dinero acumulado en las últimas seis pagas que había recibido de sus padres. Una vez que llegó al centro del descampado saludó a su público y se dispuso a ofrecer el gran espectáculo que todos los asistentes esperaban disfrutar.

No tardó en fijar su mirada en el que sería su objetivo. Había ensayado mucho en aquel desierto de ciudad y sabía que los gatos se escondían entre las grietas que se abrían en las robustas rocas que decoraban parte del descampado. Allí, entre las sombras, descansaba uno de esos gatos que rondaban el barrio y se hospedaban en esa pequeña llanura. Pedrito Martínez se dirigió a él con cautela, bajo la atenta mirada de su entregado público. Mostrando su cara más tierna, consiguió acercarse al felino sin que el animal mostrara signos de preocupación. El héroe de la tarde adelantaba una de sus manos, haciendo creer al gato que guardaba algo en ella, comida quizá, y provocando que, inmóvil, cayera en la trampa de la curiosidad. Justo cuando estuvo lo suficientemente cerca, Pedrito Martínez agarró al animal por el lomo, alzándolo hacia el aire y mostrándoselo a su público, que jaleaba al comprobar que asistirían al espectáculo prometido.

El gato comenzó a luchar. Le provocó al niño unos arañazos que no serían suficientes para conseguir su libertad. Pedrito Martínez sabía muy bien que en su lucha contra el animal él debía salir ganando, aunque a cambio tuviera que derramar su propia sangre. Acercó al gato al centro del descampado para que todos observaran lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando llegó, tiró al animal al suelo con toda la fuerza que pudo, dejándolo débil y atontado y sin apenas fuerzas para continuar con su combate.

En ese momento el gran Pedrito Martínez inmovilizó al gato poniendo una de sus piernas encima y sacó de su bolsillo uno de los petardos que tan caros le habían costado. Ante los ojos fascinados de quienes le observaban, el niño introdujo el petardo en el ano del animal, asegurándose que la mecha quedaba en el extremo que daba al exterior. Mientras lo hacía pudo escuchar unos calurosos aplausos que le daban fuerzas para seguir adelante justo en el momento en el que el gato volvía en sí y comenzaba a pelear de nuevo con uñas y dientes para recuperar su tranquila vida entre las sombras de las rocas. Pero el felino perdió una nueva batalla. El petardo quedó perfectamente introducido en el recto del animal y Pedrito Martínez se dispuso a encender la mecha. Antes de hacerlo, levantó el mechero hacia su público, consciente de que esa proeza era posible gracias a los espectadores que habían ido a verle. Acto seguido, encendió la mecha, levantó la pierna del animal y salió corriendo lo más deprisa que pudo. El gato, ajeno a lo que estaba a punto de ocurrir, también huyó, con la leve esperanza de llegar a un destino seguro.

El ruido del petardo retumbó en todo el descampado, momento en que la locura invadió a los asistentes de aquel espectáculo, que comenzaron a aplaudir y a vitorear el nombre de su ídolo. En mitad del descampado, Pedrito Martínez permaneció de pie, sin dar importancia a las numerosas heridas que se extendían por sus brazos y con la mirada fija en el animal que yacía en el suelo con las tripas reventadas. La mala suerte había querido que el gato no perdiera el conocimiento. Agonizaba lanzando unos agudos gemidos que el protagonista de la tarde había aprendido a tolerar con el tiempo. Pedrito Martínez se acercó de nuevo al animal, lentamente, manteniendo su pose erguida. Cuando llegó hasta él cogió una de las piedras que se encontraban en el suelo y la estampó con fuerza contra el cráneo del animal, provocándole el golpe que acabaría definitivamente con su vida y dando lugar a que el público estallara de júbilo por segunda vez en esa tarde de gatos. Para finalizar, Pedrito Martínez arrancó de un tirón los bigotes que sobresalían del hocico del animal y los ofreció como obsequio a todo aquel que lo aclamaba. Le costaba disimular la euforia que invadía su cuerpo. Sabía que había culminado una gran faena por la que sería recordado durante mucho tiempo.